En mi opinión, Pigem no está equivocado en volver a recuperar los valores de los que habla, ya que el consumismo pone a la gente agresiva,
yo he visto a muchas personas enfadarse por no tener dinero para poder comprarse un simple vestido, y pagar ese enfado con los que más quiere. Y esto es algo simple
porque luego nos encontramos con padres y madres preocupados/as porque no llegan a final de més.
Y considero que como dice Pigem, que la economía del crecimiento es la enfermedad de nuestra sociedad, y si la sociedad está enferma
el individuo que sería la unidad de cada sociedad; también lo está.
Quizá la filosofía del decrecimiento es lo que conviene ahora en la dimensión política, economica, social, y educacional, para cambiar los fines de nuestra sociedad y a la vez de cada uno de nosotros. Que nuestro futuro no se vea condicionado a escoger entre vodafone o movistar, o entre una hipoteca o un alquiler, si no centrarnos más en nuestros objetivos humanos; la búsqueda de la felicidad (no en lo material) si no en los valores más que conformaron una vez al ser humano. Pues, el decrecimiento se refiere a recuperar lo positivo de nuestros ancestros; menos distracciones (televisión, ordenador, publicidad etc.) y más relaciones sociales (aprender a relacionarse con el sexo opuesto, aprender a resolver conflictos con el diálogo, fomentar el respeto etc.). Lo que creo que no se tiene en cuenta en el artículo, es que las buenas actitudes y propósitos también pueden convertirse en algo material; es decir en el comportamiento observable (como lo indican las teorías conductistas de la psicología).
El decrecimiento tal y como está el medio ambiente que cambia aceleradamente, (y teniendo en cuenta los datos estadísticos de que en un siglo se ha contaminado
más que en toda la historia de la humanidad), es necesario para el cambio, aunque ello signifique que el decrecimiento sea una transición para algo mejor que ahora
mismo desconocemos.
Lo que yo no entiendo, es que si ya nos han puesto soluciones sobre la mesa; que nadie tome medidas drásticas al respecto.
En mi opinión, Pigem no está equivocado en volver a recuperar los valores de los que habla, ya que el consumismo pone a la gente agresiva,
yo he visto a muchas personas enfadarse por no tener dinero para poder comprarse un simple vestido, y pagar ese enfado con los que más quiere. Y esto es algo simple
porque luego nos encontramos con padres y madres preocupados/as porque no llegan a final de més.
Y considero que como dice Pigem, que la economía del crecimiento es la enfermedad de nuestra sociedad, y si la sociedad está enferma
el individuo que sería la unidad de cada sociedad; también lo está.
Quizá la filosofía del decrecimiento es lo que conviene ahora en la dimensión política, economica, social, y educacional, para cambiar los fines de nuestra sociedad y a la vez de cada uno de nosotros. Que nuestro futuro no se vea condicionado a escoger entre vodafone o movistar, o entre una hipoteca o un alquiler, si no centrarnos más en nuestros objetivos humanos; la búsqueda de la felicidad (no en lo material) si no en los valores más que conformaron una vez al ser humano. Pues, el decrecimiento se refiere a recuperar lo positivo de nuestros ancestros; menos distracciones (televisión, ordenador, publicidad etc.) y más relaciones sociales (aprender a relacionarse con el sexo opuesto, aprender a resolver conflictos con el diálogo, fomentar el respeto etc.). Lo que creo que no se tiene en cuenta en el artículo, es que las buenas actitudes y propósitos también pueden convertirse en algo material; es decir en el comportamiento observable (como lo indican las teorías conductistas de la psicología).
El decrecimiento tal y como está el medio ambiente que cambia aceleradamente, (y teniendo en cuenta los datos estadísticos de que en un siglo se ha contaminado
más que en toda la historia de la humanidad), es necesario para el cambio, aunque ello signifique que el decrecimiento sea una transición para algo mejor que ahora
mismo desconocemos.
Lo que yo no entiendo, es que si ya nos han puesto soluciones sobre la mesa; que nadie tome medidas drásticas al respecto.